FRESA ÁCIDA

MJ Parejo

Hacía años que no estábamos juntos, pero seguíamos encontrándonos por las calles del barrio. Nuestra relación ni siquiera tuvo un final nítido, no hubo charla sobre sentimientos ni expectativas, las circunstancias nos llevaron a una separación paulatina. La quería con todo mi estómago, con mi hígado; con órganos menos románticos que el corazón.
Solía observarla desde el interior del bar, ella casi siempre permanecía fuera a pesar de que ya no fumaba. Cada vez que desabrochaba la cremallera de su riñonera un aroma a fresa ácida inundaba los alrededores. Llevaba varios paquetes de chicles de diferentes marcas, todos abiertos, mezclados con otros objetos de uso diario. Entre ellos asomaba un llavero pompón de goma mugriento con una sola llave y una cartera de lona con cierre de velcro.
Debido a su complexión alargada, cada vez que dirigía las manos a la cintura para sacar algo de la riñonera tenía que doblar mucho los codos. Repetía este gesto a menudo, sin necesidad de mirar. Desenvolvía un chicle, se lo metía en la boca y guardaba el papel en algún bolsillo para no arruinar ese primer momento de placer buscando una papelera. Al cabo del rato, cuando caía en la cuenta de que sus papilas gustativas no encontraban ya aliciente, lo tiraba y abría uno nuevo. Sin descanso. Ese movimiento facial hipnótico se convirtió en su característica principal. Resultaba difícil imaginarla de otro modo.
De todas las adicciones por las que había pasado, esa le parecía la más inofensiva, por lo que no contaba entre sus planes superarla. Cambió terapias y psicólogos por un dentista maxilofacial que velaba por el estado de su mandíbula. El desgaste era evidente, pero también un mal menor. Alguna vez pensé que podríamos volver a intentarlo aunque me asustaba el resultado que dábamos como pareja.
Ella podía estar escuchándome y empezar a hacer una bomba rosa enorme delante de mis narices. Por muy importante que fuera lo que estuviera explicando, llegaba un momento en el que incluso perdíamos el contacto visual. Al no tener diez años, evitaba explotar el globo de un manotazo aunque lo deseara. Me venía a la cabeza la imagen de esa segunda piel de chicle pegada por la cara, orejas incluidas, y ese posterior trabajo de retirado minucioso. Normalmente los restos volvían a formar parte de un todo aglutinados de nuevo en el interior de la boca. Y el ciclo volvía a empezar.
Supongo que ver el mundo a través de esa fina película rosada le proporcionaba una perspectiva algo más grata.
Masticaba con fuerza cuando la angustia se apoderaba de su existencia. Se notaba a la legua porque hacía bastante ruido. Intensificaba además la velocidad de los mordiscos, que llegaban a convertirse en algo similar a un temblor.
Sin embargo aquella vez su estado preocupaba especialmente, todos los músculos de la cara se movían con violencia. Sus muelas trituraban quién sabe cuántos chicles de fresa ácida a la vez. Apenas conseguía cerrar la boca, sus mejillas se dilataron como las de una ardilla que almacena nueces. Su rostro se deformaba.
Cuando sus pulmones se lo permitieron, en un ejercicio que solo podía provenir de un exhaustivo ensayo, sopló hinchando el globo más grande jamás visto.
Desafortunadamente ningún representante del récord Guinness presenció la hazaña, he oído que, con algo de suerte, este tipo de reconocimiento te puede permitir vivir del cuento un breve lapso de tiempo. Después, la fama la puedes estirar como el propio chicle.
Sin embargo a ella no le interesaba la popularidad, solo quería escapar. Cuando el globo alcanzó la suficiente dimensión ambos empezaron a elevarse lentamente. Luego la brisa les alejó ante la mirada atónita de conocidos y extraños. Decenas de móviles grabaron en vídeo la trayectoria.
La echo de menos, no he vuelto a saber de ella. Me arrepiento de no haber explotado aquella bomba gigante de chicle de una palmada, pero las cosas no se hacen así. Es una lástima tener más de diez años.

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2 pensamientos en “FRESA ÁCIDA

  1. Me gustó mucho, María José. Sobre todo ese final surrealista que nos deja casi con una sonrisa en la cara. Soy Judith Armele del colectivo. También participo en el concurso de Zenda. Espero seguir leyéndote. Ya te sigo.

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